top of page
Buscar

Trabajo, tecnología e industria: por qué el futuro laboral se juega en el tiempo social

  • cidem7
  • hace 4 horas
  • 7 Min. de lectura

El abogado laboralista e investigador del Instituto del Mundo del Trabajo “Julio Godio” de la universidad, Alberto “Pepe” Robles, analiza las transformaciones del empleo en el mundo, el impacto real de las tecnologías digitales y la nueva reforma laboral argentina.



En los debates contemporáneos sobre el mundo laboral, una idea se repite con insistencia: la tecnología —y ahora la inteligencia artificial— terminaría por eliminar el trabajo humano. Para el abogado laboralista Alberto “Pepe” Robles, investigador del Instituto del Mundo del Trabajo “Julio Godio” (IMT) de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), ese diagnóstico es más un mito que una tendencia real.


“El trabajo asalariado sigue siendo central. Este año hubo más puestos de trabajo asalariado en el mundo que nunca: unos 3.300 millones. Nada indica que vaya a desaparecer en la próxima década”, sostiene.


Según Robles, el capitalismo contemporáneo no está reduciendo el empleo sino transformándolo. El fenómeno más visible es la precarización y la caída de la participación salarial en el ingreso global. Hace tres o cuatro décadas, explica, el salario representaba cerca del 75 % del ingreso nacional en muchos países, mientras que hoy ronda el 50 %. Ese cambio no implica que haya menos trabajo asalariado, sino que el capital —en especial el financiero— se apropió de una mayor proporción del ingreso.


“Desde hace tiempo que se habla del fin del trabajo, pero la realidad es otra. Incluso países que eran mayormente rurales hoy son sociedades industriales con millones de trabajadores asalariados”, argumenta.


El investigador menciona ejemplos poco presentes en los debates occidentales. Entre ellos Bangladesh, que pasó en pocas décadas de ser una economía primaria a una industrializada, con salarios que se multiplicaron entre cuatro y cinco veces respecto de los ingresos campesinos de los años ochenta. Pero como comenta, el fenómeno de la difusión de la industrialización es global y abarca muchos otros países, desde China, India y Corea, hasta Arabia Saudita, Nigeria, México y Perú.


"El dato fundamental para el aumento del trabajo asalariado a nivel global es la urbanización del mundo, es decir la migración de grandes contingentes de personas hacia la ciudad desde las zonas rurales, donde el trabajo asalariado es mucho más reducido por el predominio del campesinado independiente o servil. En 1950, el 70% de la gente vivía en zonas rurales. Hoy es el 43%, y sigue bajando", prosigue.

Fábrica textil en Bangladesh. En pocas décadas, el país asiático pasó de ser una economía rural a una industrializada. Hoy es el segundo exportador mundial de prendas de vestir.
Fábrica textil en Bangladesh. En pocas décadas, el país asiático pasó de ser una economía rural a una industrializada. Hoy es el segundo exportador mundial de prendas de vestir.

Tecnología: una historia tan antigua como el trabajo


Para Robles, uno de los errores más comunes al pensar el futuro del empleo es considerar a la tecnología como un fenómeno reciente.


“El trabajo humano siempre fue tecnológico. Las herramientas de piedra, la electricidad, las máquinas, las computadoras o internet son tecnologías. No hay trabajo humano sin tecnología”, afirma.


Desde esa perspectiva, la actual expansión de la inteligencia artificial forma parte de una larga serie de transformaciones tecnológicas. Hasta dentro de ese campo, el especialista advierte que existe cierta confusión conceptual.


Como refiere, la inteligencia artificial tiene más de 70 años en la ciencia. El matemático inglés Alan Turing sentó sus bases al crear el célebre Test de Turing, una herramienta de evaluación de la capacidad de una máquina para exhibir un comportamiento inteligente similar al de los humanos. Inclusive desarrollos de hace algunos años como los que permiten jugar al ajedrez con una computadora, predecir la próxima palabra al escribir en el celular o los sistemas satelitales que guían por la ciudad son inteligencias artificiales.


Lo que apareció recientemente son los modelos generativos, como los grandes sistemas de lenguaje. “Eso es nuevo, pero no es la primera ola tecnológica y no difiere tanto de las demás en sus impactos.  Lo que sí la diferencia es que está muy penetrada por el marketing y la necesidad de hacer dinero”


Para el especialista, el problema de la IA generativa es cuando se la adopta abruptamente, y cita un reciente informe del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), según el cual el 95 % de los proyectos piloto de inteligencia artificial en empresas fracasa. “Salieron a comprarla masivamente y se perdieron miles de millones de dólares, simplemente porque estaba de moda. Su incorporación tiene que ser progresiva, con planes de 5 a 10 años”, recalca.


Aun así, reconoce que estas herramientas están cambiando de manera acelerada la organización del trabajo. Robles cita su propia experiencia profesional: durante años realizó auditorías de expedientes judiciales de manera manual. Con inteligencia artificial, hoy puede analizar en segundos lo que antes llevaba una hora.


“El impacto es real. Yo podía revisar 40 expedientes por día; hoy puedo revisar 1.000. Eso cambia completamente el trabajo”.


Robles sostiene que la IA generativa está cambiando el trabajo, pero requiere una coordinación y regulación estatal.
Robles sostiene que la IA generativa está cambiando el trabajo, pero requiere una coordinación y regulación estatal.

 

La clave de la modernización: el tiempo social


Lejos de pensar la tecnología como una amenaza inevitable para el empleo, Robles propone mirar el problema desde otra perspectiva: la organización social del tiempo.


“La gran modernización del trabajo es el tiempo. El problema no es solo cuántas horas se trabaja por semana, sino cómo se distribuye el tiempo a lo largo de la vida”, plantea.


En esa mirada, el tiempo de trabajo convive con otras dimensiones esenciales: el estudio, la crianza, el descanso, el ocio y la capacitación permanente. En sociedades cada vez más tecnológicas, la formación continua es inevitable. “Hoy nadie deja de estudiar nunca. Cada vez que aparece una nueva tecnología hay que aprenderla. Eso también es tiempo social”, pondera.


Desde esa óptica, la productividad que generan las tecnologías debería traducirse en dos beneficios simultáneos: mayores ingresos y menos horas de trabajo. “Si una tecnología como la IA multiplica la productividad por cinco, como dicen que hace, entonces deberían subir los salarios o reducirse las horas laborales. O ambas cosas”, subraya.

 

Tecnología sí, pero con coordinación y regulación


Robles insiste en que la tecnología no es negativa en sí misma. Al contrario, considera que su incorporación es inevitable y deseable. Pero también advierte que necesita coordinación y regulación pública.


“Siempre hay que incorporar tecnología. Somos seres biológicos, sociales y tecnológicos. Pero cada tecnología tiene riesgos y hay que preverlos”, señala.


Ese proceso, apunta, requiere de tres herramientas fundamentales: diálogo, capacitación y Estado.


El especialista explica que la aplicación de nuevas tecnologías debería discutirse en la negociación colectiva entre empresas y trabajadores. “La tecnología es capital, pertenece al capital. Pero el trabajo convive con ese capital dentro de la empresa. Entonces hay que negociar cómo se aplica”, indica.


La capacitación también es clave. “Cada vez que una empresa incorpora una tecnología nueva, todos tienen que aprender a usarla. Eso ya pasó con las computadoras y volverá a pasar con la inteligencia artificial”.


Sin embargo, sin coordinación estatal esos procesos se dificultan. “Los intereses privados son necesarios, pero son fragmentarios. Si no hay un Estado que coordine, la sociedad pierde rumbo”.


En ese punto, Robles cuestiona el sesgo político actual de la Argentina. “Hoy el país está haciendo un experimento anarco-capitalista, un experimento de no comunidad. Todo está librado a la voluntad de los distintos intereses, pero sin coordinación estás destinado al fracaso. Y lo que necesita el cambio tecnológico es una coordinación y una regulación inteligentes”

 

Alberto "Pepe" Robles, investigador del Instituto del Mundo del Trabajo de UNTREF, docente y abogado laboralista.
Alberto "Pepe" Robles, investigador del Instituto del Mundo del Trabajo de UNTREF, docente y abogado laboralista.

Reforma laboral y crisis económica


En ese marco, el experto es crítico de la reciente reforma laboral argentina. En su opinión, se trata de una modificación estructural del sistema de relaciones laborales que carece de un diagnóstico productivo.


“Si querés modernizar el sistema laboral, lo primero que hacés es estudiar las leyes más avanzadas del mundo. Acá no se estudió ninguna”, remarca.


También acota que el nuevo marco legal no incorpora seriamente el debate sobre tecnología ni sobre capacitación, dos temas centrales para el futuro del empleo.


A su entender, la reforma apunta principalmente a debilitar a los sindicatos y vulnerar los derechos de los trabajadores, sin resolver los problemas de productividad de la economía.


“Hace más de diez años que Argentina no crece. Cuando no hay crecimiento, no hay nada que distribuir. Entonces lo que queda es ver qué se le puede sacar al otro. Un ejemplo es que esta reforma creo el Fondo de Asistencia Laboral para pagar indemnizaciones, que absorbe el 3 % de las cargas patronales que tienen que ir al sistema previsional, perjudicando a los jubilados”, ilustra.

 

Industria, valor agregado y desarrollo


Para Robles, el debate sobre el trabajo no puede separarse del modelo productivo de un país.


“La industria es valor agregado”, enfatiza. Ese agregado de valor es el que permite aumentar los salarios, generar empleo de calidad y sostener una clase media amplia.


Pero el investigador asegura que Argentina atraviesa un proceso de “industricidio”. Según datos oficiales de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, entre fines de 2023 y noviembre de 2025, cerraron cerca de 22.000 empresas en el país. A su vez, el último informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) arrojó que la capacidad instalada de la industria argentina bajó al 53,8 % en diciembre de 2025. Como corolario, diversas fuentes estiman que se destruyeron entre 220.000 y 300.000 puestos de trabajo.


“La industria es agregar valor a los productos primarios, y para desarrollarla necesitas una política industrial. Pero este gobierno está en contra, incluso habla del ‘fetiche del industrialismo’. Romper la industria es como un terremoto, pero reconstruirla lleva décadas“, dice el investigador.


Y remata: “Somos el único país del mundo que rechaza la industria.  Europa está preocupadísima por la industria. China y toda Asia promueven la industria. Hasta Trump quiere que vuelva la industria a EE.UU.”.


La industria argentina sufre el cierre de sus plantas de producción a diario.
La industria argentina sufre el cierre de sus plantas de producción a diario.

Desde su mirada, los factores que más inciden en este “industricidio” y en la pérdida de empleo son la apertura indiscriminada de importaciones y los costos financieros que deben afrontar los empresarios.


“El mayor problema que tienen los empresarios no son las deudas laborales, son las deudas comerciales. Argentina tiene un sistema financiero usurario desde hace muchísimo, y eso daña el trabajo también, porque si yo a un empresario lo obligo a gastar demasiado en el sector financiero, obviamente que tiene que recortar en otro lado”, argumenta.


Robles sostiene que el actual modelo económico prioriza sectores como la minería o la energía, productos que hoy demanda el mundo, pero en los que el agregado de valor brilla por su ausencia. “La propuesta es volver a la mina y exportar los minerales así como están, sin industrializar”, asevera.


Y si bien estos sectores pueden tener rentabilidad internacional y atraer divisas, generan mucho menos empleo. “Podrá tener lógica económica, pero no social. En esos sectores puede trabajar como máximo el 10 % de la población”.

 

La empresa como comunidad


En el centro de su análisis aparece una idea que atraviesa todo su pensamiento: la empresa como comunidad de trabajo y capital.


“La empresa no son solo los fierros o el edificio. También son las personas. Trabajo y capital están completamente imbricados”, afirma.


Desde esa enfoque, dañar a uno de esos actores termina perjudicando al otro. “Si dañás al trabajador, dañás al capital. Y si dañás al capital, también dañás al trabajo”.


Para Robles, este equilibrio es uno de los rasgos históricos del sistema laboral argentino. “El sindicalismo argentino es bastante proempresa. Cuida el empleo porque entiende que sin empresa no hay trabajo”, sintetiza.

Comentarios


bottom of page