De un alfajor de barrio a una PyME emblemática: la historia de Cachafaz
Con una receta artesanal, tres hermanos y mucho boca en boca, Cachafaz construyó desde Liniers una marca que hoy emplea a 180 personas, exporta y produce en una planta de 5.000 m² en Ciudadela. Detrás del alfajor, hay una historia de crecimiento sostenido, profesionalización y fuerte arraigo territorial.

Hay marcas que se construyen a fuerza de campañas publicitarias, grandes lanzamientos o millonarias inversiones en posicionamiento. Y hay otras que crecen casi en silencio, sostenidas por un producto que empieza a circular de mano en mano hasta convertirse en una referencia. La historia de Cachafaz pertenece, al menos en sus comienzos, a esta segunda categoría.
La empresa nació en 2001, en el barrio de Liniers, cuando los hermanos Leonardo, Javier y Gastón Alcaraz comenzaron a producir y vender alfajores artesanales. La apuesta era sencilla y, al mismo tiempo, ambiciosa: elaborar un producto de calidad superior que pudiera encontrarse en los kioscos del barrio. Primero fueron pequeñas producciones y ventas cercanas. Después llegaron las recomendaciones. Y, casi sin proponérselo, el boca en boca empezó a hacer crecer el negocio.
“Todo se dio de forma natural, siempre estuvimos dedicados a la calidad del producto y no al posicionamiento”, explica Claudio Conti, CEO de Cachafaz. La definición resume una característica que la empresa conservó incluso cuando su escala cambió por completo: la idea de que la marca debía ser consecuencia del producto y no al revés.

El punto de inflexión
Para Conti, un momento decisivo llegó en 2007, con la incorporación del alfajor relleno de dulce de leche y cubierto de chocolate. A partir de ahí, la empresa fue consolidando una identidad asociada a un alfajor premium, reconocible por sus materias primas, su abundante relleno y una presentación que rápidamente comenzó a diferenciarlo en las góndolas.
“El slogan ‘Responsablemente Rico’ surgió porque antes de las estrategias de marketing existía otra manera de hacer las cosas, y era haciéndolas bien, manteniendo los valores de siempre como la calidad, excelencia y responsabilidad”, señala Conti.
Esa filosofía contribuyó a darle a la marca una personalidad propia. El producto hablaba por sí mismo y el consumidor funcionaba como prescriptor. La recomendación de una persona a otra fue construyendo una cadena de confianza que permitió que un pequeño emprendimiento familiar pasara, con el tiempo, a competir en una categoría dominada por compañías de mucha mayor escala.
Crecer sin perder el origen
El crecimiento comercial comenzó en la Capital Federal, pero rápidamente encontró un aliado clave en un entramado que sería determinante para el modelo de negocios de la compañía: los distribuidores.
“A medida que los distribuidores conocían los alfajores ellos mismos nos contactaban para sumarlo a su cartera de productos”, comenta Conti. Así, se fueron incorporando representantes en el conurbano bonaerense y posteriormente en distintos lugares del interior del país.

El esquema se mantiene hasta hoy. Cachafaz combina una red de distribuidores que permite llevar sus productos a numerosos puntos de venta con locales comerciales propios ubicados estratégicamente en la Ciudad de Buenos Aires. Estos últimos cumplen una función diferente dentro del negocio: son espacios donde, además de adquirir los productos, el público puede consumirlos y conocer la propuesta de la marca.
“Nuestros principales visitantes son turistas, pero también están quienes frecuentan la zona y gustan combinar un exquisito café con su alfajor Cachafaz preferido”, explica el CEO.
De la cocina familiar a una planta industrial
El salto de escala modificó radicalmente las dimensiones del emprendimiento. Actualmente, Cachafaz cuenta con alrededor de 180 personas en nómina y una planta ubicada en Ciudadela de aproximadamente 5.000 m2, que reúne áreas productivas, depósitos y oficinas.
La mejora continua es hoy uno de los ejes de gestión. “El año pasado automatizamos nuestra línea de envasado de galletas que nos permite producir más en menos tiempo y reducir desperdicios en planta”, señala el CEO.
La transformación también alcanza las áreas administrativas, donde la compañía está incorporando nuevos programas informáticos. “Sabemos que la tecnología avanza rápidamente y es nuestra intención seguir profesionalizándonos e innovando”, afirma Conti.
Calidad como estrategia de crecimiento
Si hay un concepto que atraviesa la trayectoria de Cachafaz es el de calidad. Desde sus primeros productos artesanales hasta la actual producción industrial, la compañía buscó sostener una propuesta basada en materias primas y procesos controlados.
La evolución hacia una empresa de mayor envergadura implicó sumar certificaciones y estándares destinados a garantizar la inocuidad y atender las exigencias de diferentes mercados. Según Conti, Cachafaz cuenta con certificaciones halal, kosher y orgánica, entre otras, y trabaja bajo la certificación internacional FSSC 22000.
La diversificación de productos también forma parte de esa búsqueda. La empresa ofrece desde sus clásicos alfajores de chocolate y chocolate blanco hasta propuestas como un alfajor con 72% de cacao y masa de almendras, además de conitos, dulce de leche, chocolates, bombones y galletas integrales y orgánicas.
De este modo, la innovación no necesariamente supone abandonar aquello que representaba a la marca, sino explorar nuevas alternativas a partir de una misma premisa: ampliar la propuesta manteniendo los estándares que construyeron su reputación.

Asimismo, están abocados a lanzamientos que todavía no fueron comunicados. “Venimos trabajando en nuevos productos que esperamos sean del agrado de nuestros consumidores. Por el momento nos reservamos los detalles”, adelanta Conti.
Es una respuesta que, en cierto modo, conserva una tradición de la compañía: mostrar los resultados antes que revelar demasiado sobre el proceso.
Del mercado local al mundo
La expansión territorial de Cachafaz no terminó en las fronteras argentinas. La empresa comenzó a exportar hace aproximadamente 15 años y fue incorporando progresivamente distintos mercados.
Actualmente sus productos llegan, entre otros destinos, a Estados Unidos, Uruguay, Chile, Paraguay y Bolivia. Estados Unidos ocupa un lugar especialmente relevante dentro de esa estrategia. Si bien la participación de las exportaciones es menor en el negocio total, la empresa considera que hay un margen para seguir creciendo.
“Confiamos en que continuaremos expandiéndonos a otras partes del mundo con nuestros productos”, proyecta Conti.
Una empresa arraigada en Ciudadela
La historia de Cachafaz no se explica solamente por sus productos. También está ligada al territorio donde desarrolló buena parte de su crecimiento.
La planta de Ciudadela es hoy un punto de referencia de una empresa que mantiene una relación activa con su entorno. Como apunta Conti, la compañía colabora con instituciones cercanas a la fábrica, genera acuerdos con clubes y desarrolla acciones vinculadas con la reducción y clasificación de residuos.
Ese vínculo también se expresa en el empleo. Actualmente, 23 trabajadores de la empresa pertenecen al municipio de Tres de Febrero y Cachafaz se incorporó recientemente a la bolsa de empleo municipal con el objetivo de ampliar esa participación.
En ese sentido, Cachafaz es también un ejemplo de cómo una PyME deja de ser solamente una unidad productiva para convertirse en un actor de su comunidad: genera empleo, establece relaciones con instituciones locales y participa de iniciativas que exceden la fabricación y comercialización de sus productos.
Una identidad que se construyó sin estridencias
Quizás uno de los aspectos más singulares de Cachafaz sea la distancia entre la dimensión que alcanzó la empresa y el bajo perfil que históricamente cultivó.
Durante años, la marca se expandió sin una estrategia de comunicación tradicional comparable con la de grandes compañías de consumo masivo. Esa ausencia de exposición terminó generando una suerte de identidad propia. Cachafaz era reconocible precisamente porque no necesitaba explicar demasiado quién era.
La marca se apoyó en algo mucho más difícil de construir y sostener: la recomendación. Un consumidor que probaba el producto se convertía en alguien que lo recomendaba a otro.
Conti lo sintetiza de una manera sencilla: “A medida que la gente lo iba conociendo, lo recomendaba a sus conocidos y eso construyó una cadena de valor que perdura hasta hoy”.
Esa cadena fue capaz de llevar un producto que comenzó en los kioscos de un barrio porteño hasta los distribuidores, locales propios, supermercados y mercados internacionales.
Una historia que empezó en pequeño

La trayectoria de Cachafaz tiene algo poco frecuente en el universo de las marcas de consumo masivo: no nació de un gran proyecto industrial ni de una estrategia de marketing diseñada desde el comienzo. Nació, según el relato de sus protagonistas, de una familia que comenzó haciendo alfajores y vendiéndolos en su barrio.
A partir de ahí hubo decisiones empresariales, productos que funcionaron, distribuidores que se sumaron, inversiones, certificaciones, automatización, exportaciones y una creciente profesionalización de la gestión. Pero también hubo algo menos visible: la capacidad de sostener una identidad mientras la escala cambiaba.
De aquellos primeros alfajores artesanales a una planta de 5.000 m2 en Ciudadela, de las ventas en los kioscos de Liniers a los mercados internacionales, el recorrido de Cachafaz muestra cómo una PyME puede crecer sin desprenderse completamente del territorio y de los valores que estuvieron en su origen.





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