El bioinsumo creado en una universidad cordobesa que promete transformar el cultivo de soja
- cidem7
- 16 jul
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Después de doce años de investigación en la Universidad Nacional de Río Cuarto, la spin-off SoyGreen SAS desarrolló un inoculante capaz de reducir hasta un 85 % las emisiones de un potente gas de efecto invernadero y, al mismo tiempo, aumentar el rendimiento del cultivo. Una historia de cómo la ciencia pública puede convertirse en innovación con impacto global.

Pocos hubiesen imaginado que uno de los aportes más prometedores para una agricultura más sustentable vendría del silencioso trabajo de un laboratorio universitario del sur cordobés. Allí, un grupo de investigadores pasó más de una década estudiando microorganismos que interactúan con las plantas sin sospechar que ese conocimiento terminaría dando origen a la primera spin-off de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC) y a una tecnología con potencial para revolucionar uno de los cultivos más importantes de la Argentina y el mundo.
La empresa se llama SoyGreen SAS y su primer desarrollo, SoyGreen-soja, propone una solución tan sencilla para el productor como trascendente para el ambiente. Se trata de un inoculante de origen bacteriano que se aplica sobre la semilla igual que los productos utilizados actualmente, pero con una diferencia sustancial: permite disminuir hasta un 85 % las emisiones de óxido nitroso, uno de los gases de efecto invernadero más potentes, al tiempo que incrementa el rendimiento del cultivo en más de un 8 % respecto de los mejores inoculantes disponibles en el mercado.
Detrás de esa innovación se encuentra el trabajo liderado por el Doctor en Ciencias Biológicas Fabricio Cassán, investigador principal del CONICET y profesor adjunto de Fisiología Vegetal en la carrera de Ingeniería Agronómica de la UNRC. Junto a los Dres. Gastón López, Daniela Torres y Verónica Mora y las microbiólogas Florencia Donadio y Sofía Nievas, todos vinculados a la universidad y al CONICET, decidió dar un paso poco habitual en el sistema científico argentino: transformar años de investigación en una spin-off universitaria. "Lo que teníamos era realmente bueno y podía transformarse en algo que tuviera un impacto mucho más significativo fuera del laboratorio", rememora Cassán sobre aquel salto.
Del conocimiento a la innovación
Cassán lleva más de tres décadas dedicado a la docencia y la investigación. Desde el Instituto de Investigaciones Agrobiotecnológicas (INIAB), de doble dependencia entre la Universidad Nacional de Río Cuarto y el CONICET, dirige un grupo especializado en bacterias promotoras del crecimiento vegetal, microorganismos capaces de mejorar el desarrollo de distintos cultivos.
Como sucede con muchos proyectos científicos, el camino comenzó con preguntas que parecían alejadas de cualquier aplicación comercial. En 2014, el equipo inició la secuenciación genómica de bacterias utilizadas en agricultura para comprender mecanismos biológicos prácticamente desconocidos hasta ese momento.
La investigación fue creciendo. Integrantes del laboratorio viajaron al exterior para profundizar conocimientos, aparecieron descubrimientos inesperados y el grupo comenzó a advertir que aquellas respuestas científicas también podían convertirse en una tecnología concreta.
"El proceso fue el natural de cualquier equipo que hace investigación", resume Cassán. "Primero aparece la investigación básica; después, ese conocimiento madura y empieza a mostrar posibilidades reales de aplicación". Ese recorrido demandó doce años de trabajo continuo. Pero el conocimiento, por sí solo, no alcanza para convertirse en innovación.
Cuando la universidad empieza a pensar distinto
Mientras la investigación avanzaba, en Argentina comenzaban a consolidarse los primeros programas destinados a incubar startups científico-tecnológicas. Para un grupo acostumbrado al lenguaje académico, ingresar en ese sistema implicó aprender una lógica completamente nueva.
El punto de inflexión llegó cuando el fondo de inversión SF500, de la provincia de Santa Fe, detectó el potencial del proyecto y convocó al equipo para iniciar un proceso de incubación. Hasta ese momento, reconoce Cassán, ni siquiera sabían cómo funcionaba un fondo de inversión.
La incubación significó mucho más que conseguir financiamiento. Fue aprender un nuevo lenguaje, incorporar herramientas empresariales y comprender que una buena investigación también puede convertirse en un producto capaz de llegar a la sociedad. "Nunca dejé de sentirme investigador. Una startup no te convierte en empresario, sino que te permite encontrar una aplicación concreta para el conocimiento que generaste".
Durante seis meses el equipo atravesó un intenso proceso de formación. Aprendieron sobre modelos de negocios, propiedad intelectual, escalas de madurez tecnológica, validación industrial y estrategias comerciales. Al finalizar esa etapa, obtuvieron su primera ronda de inversión.
Con esos recursos comenzaron a recorrer un camino que en innovación se mide mediante los denominados TRL (Technology Readiness Levels), la escala internacional que evalúa el grado de desarrollo de una tecnología.
Cuando ingresaron al programa, su desarrollo se encontraba en un TRL 4, correspondiente a una validación en laboratorio. Hoy, el producto alcanzó un TRL 7, con ensayos exitosos en condiciones agronómicas reales y una etapa de pre-registro ante el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA), paso previo a su comercialización. Todo ello implicó desafíos científicos, regulatorios y también humanos. "Uno descubre rápidamente todas las cosas que no sabe", admite Cassán. "Pero también comprende que lo más importante ya lo tiene: el conocimiento científico sobre el cual construir todo lo demás".

La primera spin-off de la Universidad Nacional de Río Cuarto
El proyecto nació como una startup, pero con el tiempo evolucionó hacia una figura todavía poco frecuente en las universidades argentinas: la spin-off. La decisión no fue casual. El equipo podría haber constituido una Empresa de Base Tecnológica bajo el modelo del CONICET, pero eligió convertirse en la primera spin-off creada por la Universidad Nacional de Río Cuarto, lo que le dio un mayor sentido de pertenencia. A la fecha existe reciprocidad entre ambas instituciones públicas, por lo que se puede seguir cualquiera de los dos recorridos y los beneficios son para ambas instituciones por igual.
La apuesta buscaba abrir una senda para otros investigadores. Hasta entonces, la universidad no contaba con antecedentes administrativos ni normativos para acompañar este tipo de iniciativas. La propia creación de SoyGreen obligó a diseñar procedimientos, conformar comisiones evaluadoras y desarrollar herramientas institucionales que hoy facilitan la aparición de nuevos emprendimientos tecnológicos. "Abrimos un camino que no existía. Nuestra intención fue demostrar que era posible y que otros colegas también pudieran recorrerlo".
Para Cassán, el modelo de las spin-offs representa un punto de encuentro entre dos mundos que durante mucho tiempo parecieron separados. Por un lado, la investigación científica mantiene su misión de generar conocimiento. Por otro, ese conocimiento encuentra un vehículo para transformarse en tecnologías, productos y soluciones capaces de impactar en la sociedad sin que la universidad renuncie a su papel como generadora de innovación. "Lo importante", sostiene, "es que el conocimiento llegue a la sociedad".
Un problema invisible que amenaza al planeta
Cuando se habla de cambio climático, casi toda la atención suele concentrarse en el dióxido de carbono. Sin embargo, existe otro gas mucho menos conocido que posee un impacto climático considerablemente mayor: el óxido nitroso (N₂O).
Según apunta Cassán, una sola molécula de este compuesto tiene un potencial de calentamiento global aproximadamente 270 veces superior al del dióxido de carbono, y una parte importante de esas emisiones proviene de la agricultura.
Durante años se creyó que el principal problema estaba asociado exclusivamente al uso excesivo de fertilizantes nitrogenados. Pero las investigaciones desarrolladas en Río Cuarto revelaron un fenómeno inesperado. La soja, un cultivo que prácticamente no utiliza fertilizantes nitrogenados porque obtiene ese nutriente gracias a bacterias presentes en sus raíces, también genera importantes emisiones de óxido nitroso.
Aquella aparente contradicción escondía una enorme oportunidad científica. El equipo descubrió que no todas las bacterias involucradas en esa simbiosis producen el mismo efecto: algunas favorecen la liberación del gas, otras prácticamente la eliminan.
Ese hallazgo fue el punto de partida para desarrollar una nueva tecnología biológica capaz de conservar todos los beneficios agronómicos de la inoculación tradicional, pero reduciendo drásticamente su impacto ambiental. "Fue lo peor y lo mejor que nos podía pasar", recuerda Cassán. "Encontramos un problema que nadie estaba viendo, pero también la posibilidad de resolverlo".
Una tecnología a tono con las exigencias de los mercados internacionales
El descubrimiento de SoyGreen-soja también podría adquirir un valor económico creciente. Mientras algunos mercados internacionales comienzan a exigir indicadores ambientales como la huella de carbono o la huella hídrica, tecnologías de este tipo podrían convertirse en una ventaja competitiva para la producción agrícola.
"Hoy el productor mira principalmente el rendimiento. Pero cuando la reducción de emisiones empiece a tener un valor económico concreto, estas tecnologías serán todavía más importantes", resalta el investigador.
Del laboratorio a la planta de producción
La fabricación del biofertilizante también refleja el grado de sofisticación alcanzado por el desarrollo. Aunque se trata de un producto biológico, su elaboración requiere procesos industriales altamente controlados. Las bacterias se cultivan en biorreactores bajo condiciones específicas de temperatura, oxigenación y crecimiento hasta obtener la combinación precisa de microorganismos que caracteriza a la tecnología desarrollada por SoyGreen.
Posteriormente el producto se formula, se envasa utilizando los mismos soportes comerciales que ya conoce el mercado de bioinsumos, tales como bidones, bolsas flexibles o diferentes tipos de carriers y queda listo para su aplicación sobre la semilla antes de la siembra. La dosis necesaria es mínima: apenas unos cientos de mililitros por hectárea.
"No es una tecnología que pueda producirse artesanalmente en un establecimiento agropecuario", aclara Cassán. "Necesita condiciones industriales controladas para garantizar que los microorganismos lleguen con la calidad necesaria al productor".

Aunque SoyGreen-soja todavía atraviesa el proceso de pre-registro ante el SENASA, requisito indispensable para comenzar su etapa comercial, el interés del sector ya existe. Productores de distintas regiones aguardan que concluya el trámite regulatorio para comenzar a probar la tecnología en sus campos.
Un ecosistema que une universidad y empresas
Si algo facilitó el nacimiento de SoyGreen fue la tradición de vinculación tecnológica que la Universidad Nacional de Río Cuarto mantiene desde hace décadas con el entramado productivo de su región. Como relata Cassán, los grupos de investigación vinculados a las ciencias agrarias mantienen una relación histórica con empresas del sector mediante convenios de investigación, desarrollo y transferencia tecnológica.
Muchas compañías recurren a la universidad para validar productos, resolver problemas específicos o generar conocimiento que no poseen dentro de sus propias estructuras. Ese intercambio permanente fue construyendo un horizonte de confianza que hoy favorece la aparición de empresas científico-tecnológicas surgidas desde la propia academia. "Durante muchos años desarrollamos investigaciones y proyectos conjuntos. Esa interacción también nos fue enseñando cuáles eran las necesidades reales del sector productivo”, precisa Cassán.
La creación de una spin-off representa, en ese contexto, un paso más en un proceso de transferencia tecnológica que la universidad viene impulsando desde hace tiempo. Pero con una diferencia fundamental: ahora no sólo presta servicios tecnológicos a terceros, sino que también puede impulsar empresas capaces de llevar sus propias innovaciones al mercado.
Un socio para llevar la innovación más lejos
El recorrido de una spin-off no termina cuando aparece un producto innovador. También necesita encontrar aliados capaces de producirlo, escalarlo y llevarlo al mercado. En esa etapa fue clave la relación con la empresa Ceres Demeter de Río Cuarto, especializada en bioinsumos.
Durante la incubación, la compañía acompañó técnicamente al equipo y colaboró en la validación industrial del producto gracias a su infraestructura productiva. Actualmente la relación continúa mediante acuerdos comerciales, aunque SoyGreen mantiene plena autonomía como empresa surgida de la universidad.
Para Cassán, ese modelo de colaboración refleja el papel que debe asumir la universidad dentro del ecosistema de innovación. "No tendría sentido que la universidad fabricara y vendiera bioinsumos", sostiene. "Su función es generar conocimiento, acompañar el desarrollo tecnológico y transferirlo. Después son las empresas las que tienen la capacidad de producir a gran escala y llegar al mercado".
Ese esquema también garantiza que tanto la universidad como el CONICET puedan participar de los beneficios derivados de la transferencia tecnológica, reinvirtiendo esos recursos en nuevas investigaciones.
Argentina juega con ventaja
Hablar de bioinsumos suele remitir a un mercado relativamente nuevo. Pero Cassán recuerda que Argentina posee una trayectoria de más de cincuenta años en esta área. La incorporación de la soja durante la década de 1970 obligó a desarrollar tecnologías basadas en microorganismos capaces de adaptarse a los suelos argentinos. A partir de esa experiencia surgieron empresas nacionales que luego expandieron sus desarrollos hacia países vecinos.
"Muchas de las tecnologías que hoy utiliza Brasil tienen como punto de partida desarrollos realizados en Argentina", afirma. Aunque el mercado brasileño crece aceleradamente y se ha convertido en uno de los principales actores mundiales, Cassán considera que el conocimiento acumulado por investigadores y empresas argentinas continúa siendo una ventaja competitiva importante.

El crecimiento global de los bioinsumos responde, además, a una transformación profunda del modelo agrícola. Ya no se plantea una sustitución absoluta entre productos químicos y biológicos. La tendencia mundial apunta a sistemas mixtos que permitan reducir el uso de insumos químicos, mejorar la salud de los suelos y disminuir el impacto ambiental sin resignar productividad.
La investigación básica, el verdadero punto de partida
Para Cassán, el surgimiento de las startups científico-tecnológicas y de las spin-offs universitarias constituye una excelente noticia para el ecosistema de innovación argentino. Pero advierte que existe un riesgo del que se habla poco. Detrás de cada empresa de base tecnológica suele haber una década —o más— de investigación básica.
En el caso de SoyGreen fueron doce años. De acuerdo con él, sin ese conocimiento previo la innovación simplemente no existiría. "No hay innovación sin investigación básica. Nosotros pudimos desarrollar esta tecnología porque hubo muchos años de trabajo previo en el laboratorio".
El investigador observa con entusiasmo la aparición de nuevos fondos de inversión, programas de incubación y políticas destinadas a acelerar la transferencia tecnológica. Aunque cree que ese esfuerzo debe ir acompañado por un fortalecimiento sostenido del sistema científico. "Hoy vemos florecer muchas ideas porque estamos cosechando resultados de investigaciones realizadas durante los últimos diez o veinte años", reflexiona. "Si esa base se debilita, dentro de algunos años habrá menos conocimiento para transformar en innovación".
En su mirada, el Estado, las universidades, los organismos científicos y el sector privado no representan mundos enfrentados, sino eslabones de una misma cadena. Una cadena que comienza en un laboratorio, continúa en la investigación básica, madura mediante la innovación y finalmente llega a la sociedad convertida en una tecnología capaz de resolver problemas concretos.
La historia de SoyGreen demuestra precisamente eso. Que detrás de un pequeño inoculante aplicado sobre una semilla existe mucho más que un avance agrícola. Hay años de ciencia pública, cooperación institucional, articulación con empresas, inversión de riesgo y un equipo de investigadores que decidió salir del laboratorio para demostrar que el conocimiento también puede convertirse en desarrollo productivo.





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