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Del laboratorio al apiario: una apuesta para que la miel tenga identidad propia

  • cidem7
  • 16 jul
  • 5 min de lectura

Actualizado: 20 jul

La graduada de la Especialización en Gestión de la Tecnología y la Innovación de UNTREF, María José Arena, impulsa un proyecto que une ciencia, territorio y productores para cambiar la forma de pensar la apicultura en Quequén y Necochea.



En Quequén, donde el mar y el campo se encuentran, la miel podría dejar de ser simplemente un producto que viaja en barriles hacia mercados externos para convertirse en algo más: una expresión del territorio, de quienes lo habitan y de los saberes que lo atraviesan. Esa es la apuesta de Miel, saber y territorio: laboratorio de logística colaborativa apícola, un proyecto creado por María José Arena, graduada de la Especialización en Gestión de la Tecnología y la Innovación (GTEC) de UNTREF, que propone construir una nueva manera de vincular universidad, comunidad y producción.


La iniciativa, radicada en la subsede Quequén de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN) e impulsada desde la Secretaría de Extensión de su Rectorado, no tuvo origen una colmena sino en un laboratorio. En 2023, UNICEN incorporó un espectrómetro de masas de relación isotópica, un equipamiento de alta complejidad capaz de realizar análisis de trazabilidad y detectar características específicas en distintos productos. Mientras transitaba la etapa final del GTEC, Arena vio allí una oportunidad.


Me propuse trabajar con ese equipo que permite realizar la trazabilidad de distintos productos. Tenía que hacer un recorte y elegí un sector con el que me sentía cómoda”, cuenta.


Como comparte, el punto de partida fueron algunas de las conclusiones a las que llegó en su Trabajo Final Integrador (TFI) para la Especialización de UNTREF. "Ahí me di cuenta que más allá del aspecto tecnológico, había una atomización del sector apícola que requería nuevas formas de vinculación con la universidad o cualquier actor estatal", apunta.


Entonces, lo que parecía un proyecto tecnológico derivó rápidamente hacia otro lugar: el territorio. “El proyecto básicamente fue descubrir el sector apícola, porque uno tiene una idea que parece cercana y en realidad era mucho más compleja de lo que esperaba, particularmente en lo que tiene que ver con los factores humanos”, explica.


Las desigualdades detrás de la miel


La producción apícola en la región presenta una paradoja. Mientras la Provincia de Buenos Aires concentra una porción importante de las colmenas del país, muchos pequeños productores trabajan en condiciones de fuerte desigualdad.


El problema no es solamente económico: también es informacional, organizativo y político. Los apicultores familiares suelen negociar individualmente con grandes exportadores que concentran la compra de miel y establecen criterios de calidad y precios que los productores muchas veces no pueden discutir porque no cuentan con herramientas.


“Hay una desigualdad en el acceso a la información. Revertir esta brecha es una cuestión de soberanía analítica: que los productores accedan localmente a evidencia técnica certificada no solo les devuelve poder de negociación, sino que les permite cuestionar rechazos sin respaldo y abrir la puerta a figuras de protección de origen, como sellos de identidad territorial", señala Arena.


A eso se suman otras dificultades: obstáculos burocráticos para habilitaciones, problemas con salas de extracción, cambios en normativas locales y una fuerte atomización del sector. Lejos de plantear una solución vertical, el proyecto creado por Arena busca construir respuestas con los propios actores involucrados.


No es imponer una solución y decir 'el problema que tenés es este y te lo resuelvo de tal manera', sino construir un diagnóstico junto a los productores. Creo que eso es lo que a la larga le va a dar sostenibilidad”.


Una extensión que también aprende


Arena define Miel, saber y territorio como un proyecto de vinculación territorial basado en los principios de economía social y solidaria,  bajo el paradigma de la extensión crítica. Eso significa abandonar una lógica donde la universidad lleva respuestas prefabricadas y pensar un proceso donde el conocimiento se produce colectivamente. “El apicultor no sería un objeto de estudio sino un sujeto de creación de conocimiento”, resume.



La propuesta involucra actores diversos: pequeños productores apícolas, Apiturismo Quequén, estudiantes y docentes de la Licenciatura en Logística Integral y de la Tecnicatura en Equipamiento Agroindustrial, personal nodocente de la biblioteca universitaria, técnicos del INTA Necochea y miembros del movimiento ambientalista Compromiso Costero.


Cada uno aporta desde un lugar distinto: los estudiantes analizan cadenas de valor y logística; la tecnicatura colabora en protocolos y mapeos territoriales; la biblioteca coordina el llamado Banco de Memoria, un archivo comunitario de experiencias y saberes; los productores aportan la experiencia concreta del territorio.


El proyecto incluso contempla el aprendizaje derivado del error. “La sistematización no tiene que ver solamente con llegar a un producto terminado. Si algo salió mal, lo importante es sacar un aprendizaje de ese proceso”.


Cuando la miel deja de ser un commodity


Una de las ideas más originales del proyecto es construir un “subsistema apícola orgánico”. El concepto no se refiere a producir miel orgánica sino a crear una red basada en otros valores: cooperación, cuidado territorial y decisiones colectivas. También supone discutir la forma en que se piensa la miel. “No es una propuesta antimercado ni una romantización de la miel”, indica Arena.


Se trata de que la miel deje de ser tratada únicamente como un commodity y sea entendida como un bien común. “La miel encierra el trabajo de las abejas, el cuidado de la flora nativa, el saber de quienes la producen y el derecho de la comunidad a acceder a un alimento sano”, sostiene.


Eso implica agregar valor desde otro lugar: no únicamente mediante certificaciones comerciales sino también a través de la identidad territorial. Las condiciones ambientales de Necochea y Quequén —su flora, suelos y clima— pueden aportar características específicas al producto y construir una identidad propia, algo así como una futura “miel de la costa atlántica”. Y allí vuelve a entrar en escena la tecnología.


El espectrómetro de masas recientemente incorporado por UNICEN permite identificar marcadores químicos asociados a determinadas regiones y ayudar a certificar origen y autenticidad. Esa capacidad podría permitir reconocer rasgos distintivos de la miel local y respaldar científicamente su valor diferencial.



La universidad que sale al encuentro


Los posibles impactos exceden el sector productivo. Arena imagina estudiantes que aprendan fuera del aula, productores que encuentren un espacio de articulación, investigaciones que nazcan de problemas reales y una universidad más integrada con su entorno. “Además de conocer la teoría, es fundamental que los estudiantes conozcan la complejidad del territorio”.


Detrás de esa búsqueda también hay una historia personal. Nacida en Quequén y trabajadora nodocente en UNICEN, Arena reconoce que existe una motivación íntima detrás del proyecto. “Fui y seré fanática de Quequén siempre”, dice entre risas.


Se formó como técnica en programación, luego pasó por la Licenciatura en Políticas y Administración de la Cultura de UNTREF y finalmente por el GTEC, donde encontró herramientas para pensar problemas complejos desde otro lugar. “La especialización me abrió otra puerta. Me permitió pensar cómo ejecutar desde la universidad y abordar problemáticas de una manera más amplia”.


Entre esas herramientas, destaca metodologías que permiten entender articulaciones entre Estado, sistema científico y sector productivo. Pero también algo menos técnico y más humano. “Otro de los aspectos que valoré mucho de la Especialización de UNTREF es la decisión pedagógica de trabajar intercambiando integrantes, porque eso contribuye a la escucha y genera vínculos”, agrega


En Miel, saber y territorio la innovación no parece estar solamente en un laboratorio o en una tecnología sofisticada. También está en una idea más simple: que las respuestas pueden construirse colectivamente y que, a veces, para transformar un territorio primero hay que aprender a escucharlo.



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